Evolución, involución y muermo del arte de acción

Nelo Bilar

Evolución

La cuestión de una hipotética “evolución”, de la “trayectoria” o las posibles “aportaciones” en la práctica del arte de acción de los últimos años aparece de forma recurrente una y otra vez. A principio de los años 90 la formulábamos a los veteranos, esperando que reconocieran nuestra originalidad –y generalmente nos llevábamos algún chasco. Más tarde, en la medida en que algunos artistas consolidaban su trabajo, se esperaba reconocer rasgos distintivos, y así una y otra vez.

Acumulación

Pero la realidad es tozuda, y en los festivales nacionales e internacionales la sensación de déjà vu es lo más habitual. Precisamente una de las críticas más incisivas a este medio en los últimos años se refería a esa incapacidad para evolucionar. Algunos compañeros destacan la dificultad para mantener una obra rigurosa en un medio difícil, basado en la autogestión y la penuria, lo que hace del nuestro un ámbito “eternamente emergente”, con todo lo malo (amateurismo, banalidad, narcisismo…) que esto comporta. Y apostillan que no somos capaces de “acumular” nuestro trabajo, nuestras aportaciones, nuestra historia, nuestra reflexión… Sin esta acumulación es bastante absurdo plantearse la evolución del arte de acción: siempre se reempieza desde cero, con referentes obsoletos y motivaciones simples. Los compañeros Santiago Barber y Paco Aix hablaban en 2003 del arte de acción “paralelo” como de «círculos (…) inestables, reducidos y endogámicos [en los que] las preguntas [carecen] de consistencia, [son] escasas y además autorreferenciales» [texto del programa “Ora et colabora. Mesa poliédrica en torno al arte colaborativo”. Reunión 03, 1-5 septiembre, La Rábida (Huelva)].

Autohistoria

Si no se reconoce un objetivo para el trabajo individual ni para el medio “alternativo” o “paralelo” o “específico”, ¿“para qué” o “hacia dónde” se quiere “progresar”? Una sospecha es que la complacencia en la evolución sea sólo una forma de narcisismo, tanto individual como grupal, de sentirnos “a la altura” de los tiempos –o de las reglas propias de la Institución arte. Guy Sioui-Durand opone el concepto de autogestión ideológica, que alimentó el carácter “alternativo” del arte de acción, al de “autohistoria”, al que se recurre para acreditar la práctica en el campo del arte [Guy Sioui Durand, “Notas críticas sobre la ambigüedad de la performance en Quebec”, Inter. Art actuel 58, otoño de 1993]. La mayor parte de las “historias” recientes del arte de acción responden, a mi parecer, a ese concepto narcisista de autohistoria –recuerdo textos de Bartolomé Ferrando, de Joan Casellas, de Hilario Álvarez, de Rubén Barroso…–, un concepto que alimenta una identidad formal, sin atributos éticos, ideológicos, filosóficos, etc. Mi opción es profundizar en esa autogestión ideológica de la que hablaba el sociólogo quebequés mediante nuevas metodologías y una confrontación crítica, no puramente formal. Me parece fundamental retomar el discurso de la legitimidad: las instituciones artísticas, económicas, políticas, han perdido su legitimidad, su credibilidad, y cierto arte de acción representa aún una “alternativa”. Como decía Pierre Bourdieu, el arte no se organiza por géneros (pintura, escultura, poesía, arte de acción…) sino por su posición relativa respecto al propio orden institucional o al campo artístico; de ahí nuestra habitual terminología topográfica: marginal, periférico, alternativo, paralelo…

Trascendencia

La realidad es que, hablando con buena parte de los artistas de la acción de las dos últimas décadas, es habitual que se abomine tanto de la posibilidad de que el trabajo tenga una función como de la necesidad de tener una obra formal y teóricamente “novedosa”. La reivindicación de la intemporalidad es muy habitual entre artistas –acaso sea éste el rasgo propio de la época–. En ocasiones incluso con una referencia explícita al final de las ideologías, al final del juicio o de los criterios estéticos, de la historia del arte y de todo progreso ético o político, dando por buena la ideología postmodernista hegemónica desde hace treinta años. Desde este punto de vista, la mayor parte de la “evolución” (difícilmente podríamos llamarlo “crecimiento”) ha ido dirigida al escepticismo, cuando no al cinismo, y hacia el narcisismo y la retirada individualista. La negación de la trascendencia del propio trabajo, de su sentido y de su función en su contexto social y artístico, es lo que ha caracterizado al arte de acción de los últimos años –como lo había hecho en el resto de los ámbitos artísticos desde principios de los ochenta, a la llegada de la “condición postmoderna”.

Involución

En ausencia de discursos emancipatorios, o incluso en ausencia de “deseos” de emancipación, ¿qué sentido tiene la cuestión que nos ocupa? No creo posible una evolución positiva del arte de acción sin discursos novedosos, éticos, de renovación. Sin una ética de fondo lo que se produce es una sobre-estetización, bien dirigida hacia el espectáculo escénico (Marcel·lí Antúnez es el ejemplo recurrente, pero hay múltiples ejemplos en el mercado internacional del arte de acción), bien hacia la cosificación dirigida al mercado del arte (en forma de reliquias, objetos residuales, fotos, vídeos…). Espectacularización y cosificación de lo que quiso ser una actitud, un “comportamiento” artístico transformador. En este sentido, más que evolución deseable, lo que ha habido es una “involución” hacia modelos premodernos.

Tecnología

Como mucho, algunos artistas esperan que la tecnología renueve periódicamente nuestro campo de acción. Personalmente no creo interesante la renovación tecnológica sin una ética que la oriente –y que a mi parecer pasa porque el arte de acción vuelva a ser un ámbito “alternativo”, contra o fuera de la institución arte.

Historia

Volvamos a nuestro misterio: ¿por qué invocamos la evolución del campo del arte de acción cuando, por otra parte, se ha abandonado la concepción modernista o vanguardista del arte, o sea, cuando no nos planteamos el futuro, cuando abominamos de objetivos, de funciones sociales para nuestro trabajo? La respuesta a nuestra cuestión no debería provenir de la psicología: deberíamos entender este proceso en su sentido histórico, y en la relatividad que la historia le confiere. Este punto de vista permitirá entender el campo artístico como un espacio que nos define, pero que a su vez es transformable, y con él el orden social, los modos de vida…

Algunos artistas llegan a enfadarse cuando se les pregunta por la “originalidad” o la “novedad” de su trabajo. O por la “apuesta” (filosófica, sociológica, antropológica, política…) que éste conlleva. Cuestiones que, en un medio compuesto en su mayor parte por licenciados universitarios, deberían estar a la orden del día, renovadas constantemente por artistas inquietos, formados, leídos… Por intelectuales capaces de pensar por sí mismo, de investigar en la teoría y en la práctica. Más aún en círculos autogestionarios.

Un importante trabajo por hacer es resituarnos en la Historia. La discusión del “fin del arte” es una tarea urgente que no se va a poder realizar en este texto [Arthur C. Danto, Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia, Paidós, Barcelona 1999].

Evoluciones

La evolución “para bien” en nuestro ámbito no es algo que abunde. He podido asistir al “crecimiento” personal de algunos compañeros, que han ido profundizando en su trabajo, en los medios y los conceptos que manejan, fruto de su madurez como artistas y como personas. Tenemos algunos artistas capaces de hacer obras “profesionales”, inteligentes e incluso agudas. Pero ello no siempre supone una evolución del medio del arte de acción, y de hecho a menudo estas obras inteligentes se plantean desde vocaciones profundamente individualistas y postmodernistas / a-históricas. Nos hallamos entonces en los terrenos del virtuosismo o simplemente de los ejercicios de estilo, que más que una evolución pueden suponer un bloqueo en la renovación de los géneros adscritos al arte de acción, y en el del crecimiento de las redes comunitarias que definían el arte de acción.

Los trabajos que han sido capaces de enfocar el arte de acción desde un punto de vista amplio han sido escasos. A menudo reaparece algún trabajo “meta-performativo” en el que se toma consciencia del hecho institucional, cosificado, reificado, en el que nos hallamos. El concepto de Maniobra también nos devuelve a un arte relacional, contextual, fuera de marco. La mayor aventura investigadora, el mayor crecimiento al que he tenido la suerte de asistir en veinte años de actividad ha sido sin duda el practicado por Rafael Lamata y Jaime Vallaure (Los Torreznos); su viaje desde la performance como género al rechazo de ésta (en la Zona de Acción Temporal), a la invención de fórmulas cooperativas de trabajo (el Circo Interior Bruto) y a la creación de Los Torreznos como dúo performativo, etc. Me interesa también la evolución de compañeros como Santiago Barber y otros, capaces de viajar también de la performance-género a la “invención” del arte colaborativo o activista (en el equipo Fiambrera) y últimamente a un concepto de “flamenco de acción” inaudito, abierto y en plena ebullición contextual y creativa. En estos casos sí existe una trayectoria, una evolución creativa motivada por una inquietud crítica, en unos casos hacia el propio campo artístico (en el caso de Los Torreznos), en otros hacia el campo social (el de Santiago Barber y cía.).

Festivales

En cuanto a los festivales, la auténtica novedad evidente es que cada día son más profesionales y más internacionales. Ya no se trata de aquellos festivales abiertos, de bajo nivel artístico, sin selección, hechos con cuatro perras, en los que nos conocíamos y colaborábamos; en los que, con gran precariedad, transformamos nuestro medio y producimos nuestro “mercado” –algo que, para entendernos, no tuvieron que hacer los pintores–. En ese sentido creo que se ha perdido algo necesario, y considero que ambas fórmulas, el festival internacional y el evento “formativo” deberían coexistir –junto a un mayor nivel de reflexión crítica.

Arrt d’accció

En Valencia, después de varios años de intentos infructuosos, a finales de 2007 conseguimos sacar adelante un ciclo mensual llamado Arrt d’Accció que, a mi parecer, intentó responder al estado de la cuestión poco esperanzador que he expuesto aquí. De un lado, invitando a la mayor parte de los artistas del Estado, tanto jóvenes estudiantes prometedores como veteranos. Del otro, acumulando documentación, realizando entrevistas y forzando la necesaria confrontación y la reflexión crítica / ética / teórica. Esta fórmula, practicada durante dos años desde un colectivo “artivista”, permite invitar a más de treinta artistas al año (más que la mayoría de los festivales y con mayor sosiego) y poner en juego el concepto de “red” estatal e internacional, con los conceptos éticos y estéticos que nos dan sentido como medio autónomo, singular y con la legitimidad que hace mucho perdieron las instituciones y el mercado del arte.

Esta programación ideal se vio afectada por la realidad del medio: la juventud de los artistas, que florecen al ritmo de las estaciones lectivas; la incapacidad teórica y la falta de rigor en un medio amateur; las envidias, disputas y enemistades personales… Si bien el ciclo continúa, ha perdido su dimensión teórica y ha demostrado su incapacidad para dar un uso o incluso para visibilizar todo el material documental acumulado. Sin embargo, a mi parecer ha sido un modelo interesante, que ha constituido un hito respecto de la gestión del arte de acción, que muestra posibles vías de acción y de investigación más que deseables.

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